En 1981, el cine alemán sorprendió al público con un crudo film sobre las “teteras”, su título era “Taxi Zum Klo” o “Taxi hacia el baño,” dirigida por Frank Ripploh. Hacia fines de los 80, el canadiense John Greyson presentaba “Pissoir” (conocida como “Urinal”), un policial en el que famosos artistas gay eran convocados para cuestionar la acción policial en un baño público.
Pero tal vez, la escena de tetera más erótica que ha entregado el cine es la que se ve en “Susurros en tus Oidos” (Prick up your ears), de Stephen Frears, donde la cámara muestra el baño desde un plano exterior en el momento en que uno de los hombres que está adentro con el escritor Joe Orton, rompe una débil bombita de luz y deja el baño a oscuras, librando a la imaginación del espectador lo que está sucediendo.
La fascinación que ejercen las teteras no es nueva, cada ciudad tiene su propio circuito y horarios. Lo que allí sucede está sujeto a códigos de silencio y miradas furtivas. Pero, seamos sinceros, no pasa gran cosa. Por lo general, es más un espacio de concreción de fantasías masturbatorias que un sitio para desplegar la amplia gama de prácticas sexuales, como sí lo permiten un sauna o un dark room.
La tetera ofrece la posibilidad de un contacto rápido, pero también aporta un alto nivel de adrenalina, ya que al estar de espaldas parado frente al mingitorio no puede verse lo que sucede en el resto del baño, y las personas van rotando, algunos se quedan un instante, pero otros se instalan y no abandonan su puesto, desde el cual esgrimen con orgullo su dotación para ser admirada, deseada y generalmente manipulada por una gran cantidad de manos. Allí se juega un placer efímero, que siempre busca más y que inevitablemente conduce a la insatisfacción. Y a un retorno a la tetera por más… y así, día tras día en un círculo de deseo interminable y tramposo.
Ajenos a la mirada de terceros, quienes hacen tetera son parte de un interminable desfile de gente que entra y sale del baño, pero hay miradas a las que no escapa ese incesante movimiento.
Se han conocido reportes de hombres que han sido abordados a la salida de una tetera por un sujeto que se dice ser policía y, a cambio de silenciar lo que ha visto, pide dinero. Esta clase de chantaje, que es más común de lo que se cree, pone a los integrantes de nuestra comunidad en riesgo de pasar un mal momento. Especialmente porque quienes se dedican a esto, trabajan sobre un cierto perfil que les da la pauta de que el sujeto al que intentan chantajear puede llegar a ser casado, por ejemplo. Y buscan comprar su silencio – o la amenaza de denuncia – con dinero.
¿Qué hacer en esos casos? Negar, negar todo. A pesar de que aún haya algunos edictos en vigencia, no hay manera de que comprueben que uno estuvo haciendo lo que dicen que uno estuvo haciendo. También es importante pedirle al supuesto “policía” su credencial identificatoria, pero lo más importante es demostrar seguridad y no temor, conocer los propios derechos.
Si el acoso persiste, acercarse a algunas de las organizaciones que defienden nuestros derechos para reportar el hecho, pero sin tener miedo. Es importante tener en mente que se trata de un mal viviente que busca que “se pague” por acciones que de acuerdo a los códigos de ciertas personas pueden resultar vergonzantes. Pero no hay de qué avergonzarse, somos criaturas sexuales y hacer tetera es una de las tantas conductas en las que se despliega nuestra sexualidad.
Lic Luis Formaiano
