jueves, 16 de febrero de 2012

ASI EN LA VIDA COMO EN EL ARTE

Días pasados vi el espectáculo de Hernán Piquín, Freddie, y me sedujo el poder convocante del arte para inmortalizar la vida.



Desde la invención de la fotografía y del cine, la muerte se niega a aparecer como un punto final. Es más, quienes son captados por una cámara, fija o en movimiento, se vuelven inmortales a los ojos de quien los ve y quedan en la memoria colectiva como si fuesen eternamente jóvenes. Algo de esto le sucedió a Greta Garbo cuando desapareció de la vista de todo el mundo para convertirse en mito, aterrada de que se la viera envejecer.
Marilyn Monroe no tuvo tanta suerte, ya que le fueron tomadas fotos cuando el alcohol y el exceso de barbitúricos había hecho estragos en su belleza, su rostro en esas fotografías aparece falto del encanto que otrora supo tener.
Rock Hudson pudo mantener la imagen del galán rompecorazones a lo largo de toda su carrera, el cine le permitió escudarse dentro del closet para no arriesgar un fracaso profesional. Pero la vida pudo más y solo dos meses antes de morir de Sida admitió que padecía dicha enfermedad y con esa noticia caía el galán que hizo suspirar a tantas mujeres y nacía el mito del actor que, como expresara un periodista americano “le puso rostro al Sida.”
Otra forma de inmortalización es el registro sonoro de la voz, hablada o en forma de canción. Uno escucha a cantantes largo tiempo desaparecidos y los siente como actuales.
Ambos registros, el visual y el auditivo remiten a la ilusión de que el tiempo no transcurre y hasta permite algunas licencias de carácter mágico, como la famosa frase de que Gardel “cada día canta mejor.”
En el caso del espectáculo en cuestión, asistí a ese milagro por el cual Freddie Mercury pareciera aún estar con nosotros. No solo la elección de las canciones se ajusta a la historia de vida narrada en baile sino que además, la coreografía re significa las canciones para colocarlas como fondo a situaciones álgidas en la vida del cantante: su primera relación con una mujer, luego con un hombre, la aparición del HIV, personificado por una bailarina vestida de rojo que rueda sobre los cuerpos graficando de forma dura pero estética, la diseminación del virus. Y la maravillosa escena final donde, luego de su muerte, Freddie surge de la tierra vestido como todos lo recordamos: con su manto y su corona, a “real queen” (una verdadera reina).
No olvidemos que Freddie Mercury admitió que tenía Sida solo veinticuatro horas antes de su muerte en 1991 y luego se dijo que mucho podría haberse hecho respecto a prevención y toma de conciencia por parte de la juventud si la verdad sobre su estatus serológico hubiese sido dada a conocer cuando fue diagnosticado, en 1987, especialmente considerando el liderazgo y la influencia de la banda en el mundo del rock.
Habiendo dicho todo esto, recomiendo ampliamente la visión de “Freddie”, como un sentido homenaje y como prueba de que el arte, es Eros puro.
Lic Luis Formaiano

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