lunes, 17 de enero de 2011

FRANKENSTEIN NO USABA MSN

Los inconvenientes de armar un hombre a medida.

En el comienzo fue la mirada: un intercambio de palabras, un café y después, la pregunta de rigor: “¿Tenés lugar?”. La evaluación era simple y directa, el encuentro inicial de miradas decidía si se llegaba a la instancia de la pregunta. Además, había una ruta específica a lo largo de cuyo recorrido era posible “hacer un levante.” Pero todo eso fue antes de Internet, antes del msn, antes de la disección y el aplanamiento de las personas, o sea, antes de que éstas se convirtiesen en una fotografía de perfil, con una galería de fotos mostrando “partes.” Sería bueno preguntarse si poniendo todas las partes juntas se puede reconstruir una persona…
Esa pregunta se la hizo Mary Shelley cuando escribió su clásica obra “Frankenstein”, en Junio de 1816. Este relato de literatura gótica plantea la creación de un cuerpo viviente a partir de partes de diferentes cuerpos. La temática estaba acorde con una época en la que en los tratamientos médicos se utilizaba la galvanización y los filósofos se preguntaban sobre el origen de la vida en la tierra. A eso, se le sumaba el mito de Prometeo. Pero el resultado, en el caso de la novela, es el de la creación de un monstruo, si bien esa no había sido la intención original de su creador, quien dice “Sus miembros eran proporcionados, y había elegido sus rasgos como los de un ser hermoso.” Ciento sesenta años después, ese ser hermoso fue corporizado por el teatro primero y por el cine despues: el mito de Frankenstein fue retomado en un espectáculo icónico, el “Rocky Horror Show”, cuya versión cinematográfica dirigió Jim Sharman. Aquí, el monstruo se transformó en un espectacular y musculoso rubio de ojos celestes vestido solo con un ajustado bañador plateado y el Doctor Frankenstein devino un científico travestido, interpretado magistralmente por Tim Curry. Pero aún faltaban dos décadas para que cada uno, desde su casa, y en un casi total anonimato pudiera crear su propio Prometeo – a medida.
E Internet hizo el milagro
En el pasado, la magia consistía en imaginar lo que habría debajo de la ropa de aquel a quien acabábamos de conocer, lo que permitía la posibilidad de poner en marcha algo del orden de la seducción y el erotismo y así, alimentar el deseo. En un encuentro cara a cara era imposible ocultar las imperfecciones, ya que vida no tiene Photoshop. Por lo tanto, el otro era ese a quien veíamos sentado frente nuestro, a quien habíamos elegido al verlo pasar por nuestro lado y girar la cabeza para buscar su mirada y establecer contacto. Al sostener su mirada en la charla de café, al sentir su pierna rozar la nuestra, se construía un circuito imaginario de comunicación que decía más que cualquier palabra. Claro, como los tiempos eran otros, no podía hacerse demasiado despliegue en público, pero, por otro lado, no había demasiado riesgo en invitar al otro a tu casa y hasta proponerle que se quedara a pasar la noche. Todo poseía el intrigante encanto de conocer a alguien paulatinamente, como si se pelara una cebolla y cada capa revelara un aspecto de ese ser de carne y hueso, real, completo.
En la actualidad, la comunicación virtual permite construir al otro a partir de un discurso escrito, una imagen fragmentada y un deseo que ahora tiene la posibilidad de armar el perfil del hombre perfecto. Sabiendo lo que uno quiere, los sitios de encuentro virtuales permiten elegir cada detalle: rango de edad, altura, peso, color de piel, ojos o cabello, rol… eliminando así el factor sorpresa. Si ya está todo dicho y visto desde el comienzo, ¿Qué es lo que sostiene el deseo?
Tal vez habría que pensar en la cantidad de encuentros que terminan en un plantón, porque al llegar a la cita se ve al otro parado en la esquina acordada, pero se descubre que la foto del perfil distaba de ser actual, que el peso no podía ser el declarado – y hasta por los movimientos, seguro que el rol no era el que el perfil indicaba. A la pregunta ¿Esto es lo que elegí por pantalla?, la respuesta era la frustración y el inicio de una nueva búsqueda. Tal vez, ahora, como conclusión, y reflotando la pregunta del párrafo anterior, lo que sostiene el deseo sea simplemente eso: buscar y buscar y buscar, un ideal que está en algún lugar, y que, precisamente por ser ideal, no está en ninguna parte, solo en la virtualidad nuestra de todos los días.

Lic Luis Formaiano
Psicólogo (UBA) - Especialista en Arteterapia (IUNA)
Coordinador del Taller de Arteterapia para pvvs
Miembro fundador Asociación Argentina de Arteterapia

Ilustración: "De cara al mundo", obra de Luis Formaiano

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